Imagen del día.

Imagen del día.
(:

No es que estoy muerta.

Increíble que pasé de tener la fama de escribir varios post al día y ahora mi blog ha quedado más que con telarañas. No ando muy de vacaciones que digamos. Sin embargo, no es que no haya nada que contar, de hecho hay demasiadas cosas sucediendo tan rápido que luce como si en unos meses no reconoceré en dónde estoy.

Tengo en borradores parte de mis experiencias en el trabajo como una novata empresarial; tengo anécdotas de un par de novios que cayeron en una depresión post viaje pero que de un momento a otro ya el futuro les parece diferente; ¡tengo hasta historias de casamientos! (ojo, no me he casado). Está, por otro lado, el episodio de un seguidor de nuestros videos que de un día a otro se convirtió en el gurú del escape nacional. 

Planes van y vienen. Es una locura esta época.

Época, de paso, en la que divido el tiempo entre oficina y freelanceo -que jamás termina-; además de reservar los fines de semana para pasar mis horas de descanso con Gabriel, cual ritual religioso e intocable.

Vaya que las cosas se están poniendo bastante locas por aquí y no tengo las horas necesarias para escribirlas; mal, mal, cuando sea una anciana me arrepentiré de no archivar por escrito mis momentos, pero bueno, si los escribo, no duermo... y hablando de eso, ya es hora.

Por cierto: queremos retomar los videos, señores, y tenemos muchas ideas desglosadas, solo que no entiendo por qué demonios no terminamos de grabar; tenemos el estigma del episodio 27:



Ah y tan pronto salga de estos trabajos freelancers comienzo a editar el video de Aruba, ese es otro proyecto que muero por hacer.

No es que estoy muerta, es que me pudro en la cola.

-Ele.

Síndrome post-viaje de Elena.

Cosas que me han pasado luego de ir a Aruba...

"Lado izquierdo: vivir la vida. Lado derecho: vivir la rutina" 

- El lunes fue devastador, lloré varias veces, incluso en mi trabajo al ir al baño -voy bastantes veces, la combinación termo de agua más aire acondicionado helado es la culpable-. Llegué a casa y me sentía triste, recordando con detalle lo que había hecho el lunes anterior en la isla. Creo que de toda la semana, este fue el día más duro.

-El martes fue más optimista: volveríamos, así que no había que desmayar. El asunto no es que extrañe Aruba per se, ni el civismo, ni siquiera la seguridad, lo que más extraño es estar con Gabriel en todo aquello, totalmente libre y relajada, como si no importase nada más que el placer.

-El miércoles hacía comparaciones entre la gente (peatones y choferes) que hay por mi trabajo. Para ir a comer hay que caminar un poquitín hasta la feria de un centro comercial, en esa vía hay un paso peatonal, qué risa recordar cómo en Aruba un tímido pie sobresaliente detenía al Célica más ruidoso, lo dominaba. Acá uno cruza con rapidez, obediente y temeroso del chofer, y cuando uno es chofer se siente todopoderoso: "quítense de la vía, miserables peatones que aceleraré" (hasta que un motorizado te lleve un retrovisor o le meta un tiro a tu cara).

-El jueves siguieron los recuerdos pero intermitentes, las cosas del trabajo te distraen un poco... solo un poco. Igual me sentía optimista, estoy en un trabajo con un sueldo fijo que me sirve para planificar la próxima escapada del año que viene; hay que ver a futuro para evadir un poco el presente.

- Hoy, viernes, salí de la oficina bastante agotada; mi semana ha estado reventada llegando a casa para seguir trabajando en lo que quedan de mis proyectos freelance... Así que digamos que estaba sensible, mientras manejaba veía el atardecer, miré el reloj, eran las 5:40 P.M., "son las 6:10 allá", pensé y luego de un momento viendo el sol, se me salieron las lágrimas; no me gusta manejar y llorar, lo detesto porque no me concentro ni le presto atención a los objetos, pero son esas lágrimas liberadoras que hasta se siente bien soltarlas.

Qué hermosos eran los atardeceres allá, disfrutamos unos cuantos a la orilla del mar, en serio: ¡qué vaina más sabrosa! Y luego venía una de mis partes favoritas, pensar, cuales niños en un parque, cuál sería nuestra siguiente actividad -mientras caminábamos al cuarto-. Fue inevitable la lluvia de pensamientos del estilo: por qué no puedo vivir siempre así, la vida debería ser disfrutar de esa manera tan deliciosa las situaciones, por qué esos momentos son tan fugaces y qué cagada es la espera; conté 82 días para el viaje a Aruba, quizás el contador empiece ahora de nuevo en 365, pero por qué uno no puede hacer lo que le dé la jodida gana cuando quiera... en fin, parte importante de la respuesta es "el dinero", y ya para ese momento quise dejar de pensar porque esa cantaleta nos la sabemos todos.

Lo que sé es que tengo muy fresco el sabor de esas noches de cafés o aquella infame noche de Balashi en la que esta niña que escribe se embriagó más de la cuenta solo con dos cervezas -ya recuerdo por qué no me gusta- y pasó una estupenda noche con "conidayvuelta" -ajá, ajá-. Tengo aún los vestigios de la costumbre de despertar y ver a mi lado de la almohada, pero obviamente que el panorama no es el mismo, ni remotamente igual; recuerdo cada risa como si fuese en vivo y quiero olvidar el momento en el que el avión llegó a Maiquetía, nos montamos en un taxi que apenas llegó a casa de Gabriel (recalentándose dos veces en el camino) y luego de pasar una semana en el paraíso más increíble, volví a mi cueva: a mi mesa, silla y computadora... ah, ahora con una acidez y ardor estomacal de puta madre.

Lo que sé es que de aquí hasta que alguna vez vuelva, me quedan los fines de semana para disfrutar la "felicidad a la cubana", pero bueno, hablando sin tanto drama: acá también me divierto un montón en esas mordidas divertidas de viernes, sábados y domingos.

El problema quizás es que soy muy adicta... sí, soy adicta a sentirme así de bien.

Quiero sentirme así todos los días de mi vida, sea en Aruba, Caracas o Pekín.
Gracias a la ¿chilena? que nos tomó la foto.


-Ele.
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