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jueves, 6 de diciembre de 2012

Y este es el porqué de todos nuestros trámites...


Desde que salí de la universidad me he dado unos cuantos coñazos con la realidad del país. Venezuela no es un país complaciente ni benevolente con la juventud, tampoco es que lo sea con los adultos pero a los jóvenes le suele jugar más malas pasadas. Me refiero a lo siguiente: mis padres vivieron en una Caracas más amigable y en un país con “algo” de futuro. Mi papá y sus hermanos vivían la bonanza de mi abuelo, quien importaba de Asia cuestiones de ferretería y construcción, y fácilmente podía vender un millón de dólares al mes -porque eso era lo que pedía mensualmente en materiales-, creo que no hizo más porque no tuvo acceso a las roscas más duras en la construcción -eso de los circulitos siempre existió, ¿eh?-. Mi otro abuelo, en sus años mozos, montó varias panaderías y compró varios apartamentos; si me preguntan, Venezuela era un país más apto para la planificación, mis cuatro abuelos llegaron jóvenes de España y en unos años lograron establecerse bien.

Luego viene la generación de mis padres, por suerte también vivieron en un país con posibilidades: mi mamá pudo comprarse un carro siendo residente de un hospital al terminar la carrera de medicina, ganaba 5.000 Bs y el carro que compró le costó 55.000 Bs; dio una inicial, pagó unas cuotas y en menos de un año ya era suyo. Mi papá igual, tuvo varios carros durante su juventud, pudo viajar y vivir varios años afuera (en México, Japón y así). Mi papá contaba que salir a pasear en Caracas no era tan costoso, él y su banda solían ensayar en un estudio y luego ir a comer a Las Mercedes en la madrugada sin problemas y sin gastar ni siquiera un cuarto de su sueldo. Cuando se conocieron, mis padres paseaban todo el tiempo, mi mamá vivió un tiempo en Puerto La Cruz y mi papá la visitaba con frecuencia. Ir al cine de madrugada era seguro, viajar era barato.

mi papá, el del medio.


Cuando se casaron, mi abuelo les compró un apartamento y el otro, un carro. Me sorprende que mis padres vivieron en una época donde la inflación era paupérrima y no había CADIVI -bueno, existía RECADI-. Sin embargo, la crisis silente del país comenzó a irse de las manos. Venimos a mi generación y es acá donde cambia todo. Yo no viví lo que mis padres y ellos tampoco lo de mis abuelos.

Mis padres me pagaron todo: universidad, carro, computadora, salidas, ropa, comida diaria, etc. Incluso aún siguen financiando mis cosas parcialmente. Mientras estaba en la universidad yo tenía delirios:
me graduaría, comenzaría a trabajar en una productora y ganaría lo suficiente para mudarme a un pequeño apartamento, pagar mi comida y ahorrar para viajar. Siempre cuestionaba y regañaba a mis padres por jamás haber dado el paso y mudarse a una casa donde mi hermano y yo tuviésemos un cuarto cada uno. Por más que me explicaban que no era así de sencillo, siempre pensé que era porque son unos despilfarradores, amantes de los instrumentos y gastos raros. Sabía que la economía estaba jodida pero no entendía cuánto eso podría afectarme, total: “cuando comience a ganar 20.000 mensuales, podré pagar apartamento y demás”, pensaba.

Nunca lo pensé, pero quizás esas pavosas camisas blancas eran una señal
de la universidad en el último día de clases: deben meterse a chicheros.

Al graduarme, seguí con el freelanceo que llevaba desde la universidad. Por más que hacía la suma mensual y notaba que había producido 10.000 Bs, en mi cuenta siempre habían mil, ¿la razón? Como mis pagos eran seccionados y a veces los proyectos se alargaban, ese dinero entraba y salía volando: comer afuera, comprar cuestiones básicas para la cámara, comprar algo de ropa, pagar taxis -mientras mi carro no servía y debía movilizarme con la cámara-. El dinero entraba y de una vez salía, así que siempre he tenido máximo dos mil bolívares en la cuenta pero mis gastos al mes son de 10 mil -y ahora que veo alrededor en mi cuarto, juro que no sé en qué carajo me gasté las cosas-. En parte es mala administración pero la verdad es que ganas 10, gastas 8*.

A ese ritmo, me empecé a cuestionar varias cosas: ¿cómo haría para mudarme? Había pasado varios meses metiéndome diariamente en tuinmueble.com y los alquileres eran absurdamente caros en zonas decentes. En una noche de charlas intensas, le comenté a Gabriel todas mis frustraciones sobre ese tema. La economía era más que “ay, la iMac está cara”, la economía me estaba demostrando que mis planes de independencia iban a tener que esperar, pese a que vi una luz al final del túnel cuando nos metimos en ese fugaz rollo de Planetaurbe, pero era solo una luciérnaga troll. Gabriel chasqueó y comenzó a re-explicarme sus conclusiones, él tiene cinco años más que yo, así que su frustración puede multiplicarse por esa cantidad. Comenzó a introducirme el concepto de “los pequeños gustos”: como ya sabes que no podrás tener un apartamento o carro, vas y te compras un teléfono o vas a comer sushi caro. Me contó de nuevo sus historias de desempleo en las que vendió sus cosas y que incluso ahora teniendo trabajo, no podría volver a comprar porque son más caras. Su sueldo era miserable y mi freelanceo no lucía muy alentador.

Nuestra idea de vivir juntos, así como una pareja normal de otro país, se convertía a veces en un tema tan álgido que nos desesperábamos y nos frustrábamos intensamente. Yo me encargaba de pasarle links con apartamentos en alguiler de tuinmueble.com y luego venía esa molestia de “coño, y es que ni siquiera entre los dos podemos pagarlo... nos quedaríamos sin comprar el mercado”. Una noche caminando al Metro, Gabriel hasta bromeó con la idea de meterse a ladrón, robar un banco y escapar a otro país juntos. Muy cinematográfico todo, pero nada real. Lo único real es que ganábamos solo para vivir en casa de nuestros padres a base de “pequeños gustos”. Por eso Gabriel remodeló su cuarto y lo adaptó para poder al menos pasar los fines de semana completos allí. Así ha sido hasta entonces.

Nosotros y nuestra casa.

Ahora, no solo no vivimos en la época de mis abuelos o padres hablando de economía, sino que todos estamos conscientes del auto-toque de queda, de la paranoia involuntaria y demás vicios que tiene un habitante de Caracas. Es una patada en los ovarios vivir así: no saques tu celular por más que suene si andas en un carrito o incluso en tu carro; cuidado con los motorizados, son locos y peligrosos cuando vienen emparejados; no te quedes mucho tiempo despidiendo a tu novio en la puerta del edificio, que hay secuestros express... y así podemos seguir hasta nombrar todas las advertencias que anteceden a un “te lo digo porque sutano estaba esperando a mengana en la puerta del edificio, a eso de las nueve y llegaron unos motorizados, lo encañonaron, se lo llevaron, le robaron el carro y lo dejaron por ahí botado”. Uno al comienzo se sorprendía, ahora es como “oh, otro más, esto se fue a la mierda... ¿me puedes pasar el pan?”. Yo no le paraba a nada hasta que me robaron una laptop por Santa Eduvigis, ese sentimiento de que en un momento lo tienes y al otro un maldito pajúo se lo llevó, me da una impotencia tremenda, me provoca ser una suerte de Heemeyer y matarlos a todos. Me convierto en un animal. Como nos pasa en el tráfico, que mutamos en animales no domésticos, pero entonces tampoco somos tan agresivos porque recordamos el cuento de mengano, a quien le mataron al cuñado por tocarle corneta a un motorizado. ¡Joder! En Caracas tu vida parece peligrar 24/7. Si no es por las balas, es porque en la autopista no hay luz, vas en la media noche rápido -con la paranoia de que eres mujer, estás sola en un carro y si te ven, te hacen algo- y de repente debes jugar a esquivar un hueco, charco, camioneta a 200KM con las luces HID en altas o nombre-usted-el-obstáculo, que puede tener un accidente de esos que no cuentas cómo sucedió.

Uno, a la larga, comienza a sentirse como una rata de laboratorio. Vivir con el miedo nos enloquece, nos hace desconfiados de los buenos gestos y nos mantiene leyendo expresiones corporales diariamente, así, cual protagonista de “Lie to me”.

Al caldo de cultivo, se le puede agregar la gente. Cada año que pasa me siento menos a gusto con “el pueblo” y pronto me voy enterando del término “misantropía”. Yo antes, al salir del colegio y entrar a la universidad, no era así como ahora. Era de las niñas regordetas catiritas que van en el Metro sonriéndole atododios. Veía a los niños con ternura cuando hacían alguna travesura en el Metro y sus madres le llamaban la atención. Me daba compasión ver a una señora parada esperando un puesto y se lo cedía de inmediato. Si había personas desaliñadas con camisas rojas que iban a una marcha, sonreía, me parecía todo muy pintoresco; lo mismo con las señoras de koalas en la barriga y chapas de “Atrévete” cuando Manuel Rosales hacía campaña. Incluso me tripeaba un poco las colas para entrar a los vagones, me gustaba ver cómo reaccionaba la gente, los empujones, las gritaderas; los motorizados me parecían locos pero panas, los autobuseros gordinflones divertidos. Lo que jamás me gustó fue el sudor involucrado en todo esto.

Hola, soy Elena, tengo 18 años y qué linda es la gente que escupe 
un gargajo en el pie de otro, en el Metro

Esta ridiculez de ruiseñores cantando en el bosque se acabó paulatinamente, pero en estos últimos años me he puesto peor; en especial en estos últimos tres meses que me he enfrentado con visitas diarias al centro de Caracas, al corazón del caos. He dado un vuelco de 180° y ya lo noto con fuerza: voy en el metro y quiero que el viaje sea lo más expedito posible. Ya no me divierto ni asombro con las charlas pubertas de carajitas de 16 años que quedaron embarazadas. Me provoca darle unas nalgadas a los niños impertinentes que no entienden lo que es comportarse como seres humanos y se abren camino entre la gente sin importarles algo. Odio a las viejas manipuladoras, las detesto, llegan con su llantén, su pie chueco, su cara de drama y se colean o te acercan el culo a la cara a modo “o te levantas o me siento en tus rodillas”, por suerte soy mujer y ese modus operandi se lo aplican a los hombres -¡viva el machismo venezolano!-. Los motorizados me parecen una enfermedad cancerígena que acelera la degeneración social. Esas mierdas no respetan nada: ni leyes, ni el sentido de la calle, ni el límite de personas por vehículo y mucho menos respetan retrovisores; para ellos todo es carretera, las aceras son atajos y los muritos para separar las vías son puntos de acceso o retorno. Si pudiesen meterse al Sambil con las motos, ya los veríamos entre la gente, pitando como demonios, sin ningún tipo de tapujos.

Los años que tuve el carro, comencé a darme cuenta de que los autobuseros son unos hijos de puta: como manejan autobuses que están en la delgada línea de la chatarra, no les importa un carrizo si tú estás cruzando o te quieres cambiar de canal. Me pasó muchas veces que por Los Ruices, los autobuses recogían a la gente y listo, arrancaban cruzando de una a la izquierda; entonces uno va por ese canal y los cretinos te lanzan su chatarra para que te frenes y les des paso, cual reina de Inglaterra. Una vez (esa iba con Gabriel) yo iba a meterme en la entrada del estacionamiento de un lugar, pero al autobusero se le antojó cruzarse en la intersección hacia la izquierda, haciendo como una “L”, yo quedé en esa arista de la trayectoria y me lanzó el autobús. Mi rabia se exacerbó  el señor no iba a ceder, más bien, adelantaba el autobús para quedar a milímetros de chocar el carro. Maldita sea, tuve que retroceder y el de atrás tuvo que hacer lo mismo; el tipo debía dejarme pasar, yo iba por mi canal, la luz estaba a mi favor y de paso iba más adelante que él. Es hostilidad destilada.

Caso parecido me sucede con los chavistas y la oposición rajada. Les tolero si acaso el 1% de las cosas que hacen. Veo a un chavista desdentado peleando con un autobusero porque se bajó sin pagar y me da el mismo asco que ver a un güevón con la gorra de Capriles y mil rosarios en el cuello diciendo “Chávez se muere este año”... Coño, ¿en serio van a seguir con eso? Como dije ya, el negocio con Chávez y su gente (mínimo ocho millones de personas) es “o lo tomas o lo dejas”. Es pecar de ingenuo pararse a protestar pensando que ellos reaccionarán y cambiarán, o pregúntenle a Brito.

Ahí está la respuesta. Es triste.

En fin, veo con desdén a las personas paseando en los centros comerciales, no me provoca ya sonreírle a nadie, soy una amargada más. Los únicos que me caen bien o me producen simpatía son los que están hartos como yo de vivir entre tanta desidia y miseria.

Parte de lo anterior también es producto de un fenómeno que me parece que está llegando a su máxima expresión (o no sé si siempre fue así pero ahora es que lo noto a cada rato). Hablo del chovinismo venezolano y la disociación nacional. Al comienzo me parecía cómico aquello de que uno siempre “debía” apoyar lo nacional; sentirse orgulloso por los logros de otro venezolano en el exterior, pensar “somos los mejores del mundo, mira, por ejemplo, en el béisbol de las grandes ligas hay puros venezolanos”, “nuestras playas son las más hermosas”, “nuestro pueblo es el más alegre y cálido”, etc. Pero uno va desglosando la idea y son puras falacias o engaños. Venezuela tiene playas que pudieron ser bonitas pero las más turísticas están hechas un culo o contaminadas. Los pueblitos no son comunidades humildes y mágicas, de gente plausible y feliz, ¡qué va!, hace casi dos meses que fui a Choroní y pasear en la noche por el malecón fue temer por alguna bala perdida. En esos pueblos, fuera de la ciudad lo que uno ve es cómo están mermados en servicios y calidad de vida, se les va la luz, no tienen agua, sus desagües están tapiados y el olor a heces se siente por ahí. Puras “Casas muertas”. Y si te vas a Margarita, solo quedan vestigios de la mítica isla; tienes que bañarte pendiente de evitar alguna turba, de esas que pasan cual demonio de Tazmania despojando a cada quien de sus cosas, incluidas las toallas. Y por ejemplo, hablan de que hay venezolanos triunfadores en los deportes en otros países, ¿eso no les hace pensar que por alguna razón acá no pudieron mantenerse o vivir bien con su brillo y talento? Si Venezuela fuera así de noble con su gente, esos que ganan millones de dólares en otros países se mantendrían acá, ¿no?

Todo se entrelaza y el chovinismo se mezcla con la mediocridad. Me da náuseas cuando alguien dice “vayan a ver la película, panas, es talento nacional, ¡hay que apoyarlo!” y el trailer parece hecho con el mínimo empeño. O “panas, voten por Fulano en Htv, apoyemos al talento nacional” y resulta que es un tipo que aprendió a usar el Autotune y contrató a dos amigos que tienen una cámara HD. Si el producto o lo que me muestran es algo mediocre, ¿por qué debo comprarlo o votarlo o tomarlo en cuenta solo porque lo hicieron unos venezolanos? La nacionalidad no es una razón suficiente para comulgar con algo. Por ejemplo, Canal I me parece el máximo exponente de mediocridad televisada y de ninguna manera los apoyaría en algo mientras sigan así. Como también me da urticaria ver cómo le hacen alabanzas a los trabajos mediocres de ciertos grupetes que hacen videos “trendy”, malentendiendo lo que es un “fashion film” y que son técnicamente deficientes -ellos aún no han descubierto la finura del dolly o la utilidad de un simple Merlín-. Pero yo le puedo pasar problemas técnicos a cualquiera porque yo los sufro, lo que me revienta es la pretensión, el sentirse como si estuviesen en la cúspide de algún Empire State; como si fuesen los más duros, los que viven como en toda una atmósfera de glam y demás tonterías absurdas en una ciudad podrida como esta que lo que tiene son unas torres de Parque Central quemadas. Detesto tanto ego y tan poco talento. Respeto totalmente a los que tienen talento y son comemierdas, al menos pueden callarte la boca.

Maneras de engañar a los extranjeros nivel: venezolano (eso es Chichiriviche -supuestamente-).

¿Qué pasa cuando, pensando todo lo anterior, viajas a otro país? Pues quedas embelesado. Ir a Aruba fue un evento determinante para decir “yo quiero vivir en un lugar así”. Admiras detalles como un señor persiguiendo su servilleta para botarla o gente que se detiene para darte paso. Te dan el vuelto completo así sean dos céntimos. Hay como una confianza tácita en el otro y en que no irá a joderte sin razón... que entenderá de límites, por eso la gente se despreocupa por sus cosas. Estoy clara de que Aruba es una isla y de paso es para vacacionar, pero el ir a Roma me hizo probar el sabor de una capital convulsionada pero que se siguen las ideas de “si no buscas rollo, nadie se meterá contigo y podrás estar tranquilo andando por allí”. Y eso que los italianos tienen fama de ser los más desordenados dentro del grupito de la comunidad -al menos así lo anima Bruno Bozzeto-. Uno queda gratamente sorprendido que la mayoría de la gente sigue las reglas. Siempre hay los que no, es inminente, pero a uno que viene de esta anarquía no le hacen tanta bulla. Es obvio que andar de turista es diferente a vivir en un sitio -para ejemplo este lindo botón llamado Venezuela-. Pero las cosas con las que te enfrentas ya son del tipo económico, de adaptación y así; la gente seguirá ahí en su rollo. Las reglas seguirán iguales.

Nuestra conclusión...


Querido, ha llegado la hora.

Es por absolutamente todo esto que Gabriel y yo nos propusimos seriamente emigrar; pero ya no como una idea de un bajón producto de una depresión momentánea, sino como un proyecto real y que debía ejecutarse lo antes posible porque la victoria de Chávez era el indicador claro de que no hay marcha atrás, este país sufre de la “tendencia irreversible”. Es por eso que desde octubre comenzamos ya a pasar a la fase de los trámites, fue ensayo y error -aunque mi amiga del colegio, Mónica, fue buena abogada consejera-. Desde ese mes nos dedicamos tiempo completo a hacer diligencias y trámites, íbamos en carro, en Metro y si hacía falta, en mula. No pagamos gestores. El día que Gabriel habló con un gestor me llamó alarmado diciendo que fácilmente gastaríamos 16.000 Bs entre los dos para sacar absolutamente todos los papeles que necesitábamos. 16.000 Bs son ahora -en el momento que escribo- 1000 $ (por transferencia) y ni por error íbamos a sacrificar esa cantidad. Haciendo una retrospectiva: fue buena idea hacer esto nosotros, el contacto diario con el Centro, el Tambor y el Metro nos quitó algún rastro de idea melancólica sobre partir.

Nuestro destino es Londres y ya está todo listo para la partida en enero. Estuvimos meses estudiando los países con sus pros y contras. Inglaterra llegó al primer lugar y sobre todas las ciudades planteadas -esta fue una larga búsqueda de pros/cons-, ganó Londres.

Puede sonar banal, pero necesitamos alejarnos de Venezuela, calmar nuestras molestias. Anhelamos calidad de vida. Yo quiero vivir con Gabriel diariamente, tal y como los esposos lo hacen. Clamo por orden y disciplina, incluso si eso llegase a entrar en choque con lo que he visto en el trópico. Busco “normalidad”. Sé que nos vendrá el frío o la lluvia, sé cambiaré la comodidad de hablar español para retar a mi cerebro a manejarse en inglés. Entiendo que al comienzo será difícil porque el cambio es radical. Sé que mis padres no estarán cuando pegue un grito -aunque de alguna manera, hacer esto es finalmente ir por la independencia-.

Quiero tener algo por lo que trabajar diariamente, por ejemplo: ser explotada todo el año, pero que el resultado sea darme un gusto con Gabriel y pasar 16 días metidos en un crucero o viajes relámpagos a lindas ciudades europeas. Suena hermoso vivir sin control de cambio, ¿que quieres euros?, toma tus euros, los que quieras; ¿ah, que quieres dólares?, acá están, directo y sin pasar por lechuga-maldita-verde. Qué diferencia ver que la meritocracia sí paga más, algo así como que el diplomado que hizo Gabriel aquí durante 23 semanas hubiese estado reflejado en su sueldo... algo así es allá -y no me lo cuentan, que uno fácilmente lo ve en lugares como monster.co.uk-.

No sé por cuánto tiempo se prolongará nuestra estadía londinense, espero que sea lo suficiente como para volver a estar contentos y alegres la mayor parte de nuestro tiempo. Mi blog seguirá y lo más seguro es que todo lo que escriba ahora tenga que ver con este proceso de cambiar de país. Para quienes se van, puedes servirles de referencia, para quienes se quedan, de distracción.

Como dijo un pana: Hay un camino... es Maiquetía.
.
Nos vemos en enero, Cruz Diez

P.D.: Gabriel también redactó su versión, aquí la pueden leer.

*Para quienes quedan alarmados con lo de ganar 10.000 Bsf y gastar 8.000 Bsf: puse el ejemplo de los 10 mil porque fue mi mejor momento demostrando, que ni así, es posible la independencia. Lo que pueden sacar de esa parte es la relación ganas 10 y gastas 8, así sea que ganes 100. Los freelancers no ganan el dinero de un solo golpe o quincenal; cuando freelanceas el dinero viene a cuenta gotas mientras vas terminando o iniciando proyectos, te depositan 500, 1.000 o hasta 2.000 en una semana, pero luego eso debes usarlo para la siguiente o hasta los próximos pagos. En los meses malos, un proyecto que se alarga significa que debes usar el pago de hace dos o tres semanas (pagando taxis, comiendo afuera -en mi casa es un problema cocinar-, cuando tienes un carro jodido como el mío debes estar comprando aceite interdiariamente-). Por eso mi cuenta varias veces quedaba un rato con 200 Bs hasta que "recargaba" algo con otro proyecto. En los meses bajos solo haces 2.000 Bs más lo que hayas acumulado antes. En mis meses buenos, me di mis gustos con Gabriel, cenando, paseando, aplicando la de "los pequeños gustos", pero aún así en los meses buenos no puedes ni acumular para pagar las cuotas por adelantado de un alquiler, así que la idea de independencia sigue vetada. Cuando me harté de freelancear por esa inestabilidad económica, me metí a trabajar en la oficina, ganaba 5.000 y Gabriel 4.000, eso tampoco alcanza para pagar un alquiler más servicios y mercado. Si quitamos el asunto del alquiler, sí sería posible, pero para los que no tenemos apartamento propio, es una utopía.

-Ele.

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