Ayer regresé a Caracas luego de pasar unos días profundamente divinos. Chichiriviche quedó enterrado en los primeros treinta minutos que pisé Aruba y en los primeros treinta segundos que pisé la habitación por primera vez: quedaron olvidados. Esto fue otra cosa, otro mundo. No solo las hermosas playas y el ambiente cordial me fascinaron, lo que más me encantó fue estar ahí con Gabriel disfrutando con plena libertad de todo lo que había. Quedé maravillada por detalles como conductores que apenas veían tu pie asomándose tímidamente por la acera, se detenían y te obsequiaban el paso, mientras uno, cruzaba la calle extrañado por tener ese tipo de prioridad. Detalles tontitos, como un viejo estadounidense persiguiendo una servilleta por el suelo que se le escapaba por el viento, para recogerla y botarla; detalles hermosos como caminar en la madrugada con Gabriel sin mirar de reojo mi hombro; detalles geniales como dejar mi cámara en una mesa mientras disfrutábamos de un café extranjero. El viaje me deja sabrosos recuerdos y una recopilación de chistes-trolleos que me sacan una sonrisa.
Tenía esta duda sobre cómo sería pasar una semana continua (día y noche) con mi novio; jamás había tenido una experiencia así, me preguntaba -con el drama extremo que me caracteriza- si en algún momento del viaje me sentiría saturada de él -como pasa en algunas parejas que no se ven diariamente y luego de una semana ya solo se sientan a ver el techo juntos-, pero no fue así -obviamente-. Al contrario, era tremendo despertar y verlo ahí aún dormido, ponernos a charlar sobre cuál sería nuestro itinerario del día o simplemente acostados en las tumbonas, cada uno con sus audífonos, oyendo la música del playlist que él hizo. Adoré los paseos en los que caminamos más que un heladero, para luego llegar al hotel y relajarnos en la playa viendo el atardecer. Me encantaron las toneladas de risas, de charlas y los momentos de cachondeo.
Yo diría que más que una bocanada de oxígeno, este viaje fue una sobredosis de una adictiva sustancia... por eso, al regresar, no pude parar de llorar. Aquí podremos seguir compartiendo como allá (yendo al cine, por ejemplo) pero todo se reduce a dos días a la semana, sin calles tranquilas, sin esa suerte de apartamento con balcón y sin esas caminatas nocturnas.
Fui solemnemente feliz por siete días, ahora vuelvo a mi estado normal de eventuales alegrías de fines de semana. De verdad que la pasé estupendo y necesito que se repita, no pienso en más nada que ahorrar y volver a viajar, pero por más tiempo, quiero más de ese paraíso que es pasar horas con una persona a quien, sin duda, amo con locura.
Aruba entra en la lista de lo mejor del año y, hasta ahora, las mejores vacaciones que he tenido desde que tengo memoria:
En realidad solo utilicé el venezolano
Nuestro último atardecer
¿Quién quiere regresar luego de esto?
P.D.: Grabamos varias cositas, de hecho mi exjefe de la productora hasta me prestó su GoPro; ando trabajando en ese video, quizás esté listo en un mes.
-Ele.
























