Una de las cosas positivas que tenía esa posada era la cama. No sé si era por el excesivo estrés del día anterior con aquella guerra a los insectos mutantes o qué, pero dormí muy bien. Eso sí, desperté ese viernes como si hubiese dormido en el desierto del Sahara pero no por el calor (la temperatura estaba agradable, de hecho) sino por la intensa sed.
Tomé los últimos mililitros que quedaban de mi ya exprimido pote de agua y me lavé los dientes con lentitud a ver si al menos con la menta y el enjuague, engañaba al cerebro (el cual asumiría que ya habría tomado agua fresca). Esta técnica me la dijo Gabriel la noche anterior y tuve que aplicarla.
Me desperté a las 7:00 am pero luego de un rato volví a dormir hasta las 9:30 am (creo). A esa hora nos levantamos, recordamos el trajín del día anterior, esperamos que el día en curso mejorara. Luego de hacer nuestros rituales mañaneros -en el cual bañarme fue un reto a la paciencia-, salimos a desayunar: hambre y sed no son buenas compañías.
La posada estaba callada esa mañana, parece que la turba de
señoras-solitarias-en-busca-de-un-viejo-macho-alfa, había ya salido de cacería a la playa. Al menos podríamos desayunar en paz. Al llegar al área del comedor estaba otra joven pareja... otras víctimas que seguro cayeron por las fotos y especialidades del lugar.
Igual, íbamos sonriendo y Gabriel se preguntaba el destino de nuestro taxista Julio. Nos atendió la chica de la cocina, debo decir que ella al igual que todos los de allí eran realmente corteses. Pedimos un desayuno criollo y nos sentamos a esperar.
En la mesa contigua estaba la pareja: una mujer blanca, algo rubia, con unos lentes grandes y oscuros, su
short caqui y una camiseta blanca. Él, piel algo bronceada, cabello liso negro, con un
short playero -no recuerdo la marca, seguro Gabriel se la sabe-, una camiseta negra de buena tela y unos lentes. Estuvimos tentados a preguntarles cosas como "amigos ¿qué tal la abundante ducha?", Gabriel dijo que creía que los habían cambiado de habitación como a nosotros, es posible: una de las atracciones de la posada es el tour habitacional.
Todas nuestras suposiciones fueron interrumpidas por una horda de moscas hambrientas que descubrieron nuestro plan de desayunar. Sé que tener una manifestación de moscas no es total culpa de la posada, entiendo que son cosas naturales y que aquello que decía Gabriel de encerrar en una burbuja con aire acondicionado toda el área del comedor, no se puede. Sin embargo, poco a poco las moscas comenzaban a delimitar nuestra mesa que sería su próximo aeropuerto Calle El Hambre.
Jorge, el encargado de la posada nos ofreció amablemente un café, se lo aceptamos. Luego de un momento nuestro desayuno estaba en la mesa; Gabriel, yo y las moscas estábamos ansiosos por comer -así, como una familia-. Era un rico desayuno criollo, de eso no hay duda.
La cosa se puso fastidiosa cuando antes de meterte un bocado debías pedirle permiso a la mosca para que se moviera de lugar. Admito que me reí viendo como las moscas, enamoradas de Gabriel, lo acosaban pero a la vez no nos dejaban comer. Nos trajeron el café. Yo tomo el café (al igual que los jugos y el té) sin azúcar mientras que Gabriel es más amigo del dulce. El café estaba bastante marrón, lo probé y era realmente malo -por lo menos para mi gusto- así que le advertí a Gabriel.
Descubrí que el café nos serviría para algo: sería el encantador de moscas. Alejé y dejé la taza a un lado de nuestros platos y en pocos minutos aquello era un jacuzzi para la mosca-
party. Estaban todas disfrutando de la cafeína y la esencia de leche. Nos dio algo de pena cuando Jorge vino a limpiar la mesa y recogió las tazas llenas y con mosquitas haciendo nado sincronizado. Ya sabemos para la próxima: usar el café como carnada.
el café atrapa moscas -aún no habían llegado todas-
(fotograma sacado del video que andamos haciendo)
Viaje a Cayo Sal
Dentro de nuestro paquete "todo incluido" estaba el traslado a dos cayos -los más cercanos-: Cayo Sal o Cayo Muerto. El día anterior nos recomendaron visitar Cayo Sal, así que antes de irnos del comedor nos dijeron que la lancha saldría a las 11:30 am. Sólo habría que esperar como una hora y media, mientras: haríamos la digestión -grabaríamos un reporte en video también-.
A las 11:30 am estábamos ya embarcando la lancha en el puerto a 3 minutos de la posada (esta es otra ventaja: la posaba está a 3 minutos o menos -caminando- de la playa de donde sale la lancha privada). No sabía cuál era Cayo Sal pero lo averigüé en unos minutos, cuando llegamos a la isla que se ve desde la salida de la posada. En la lancha iba la pareja que vimos en la mañana; otra vez estuvimos tentados a preguntarles cómo se sentían con la estadía, pero quizás pecábamos de entrometidos o cizañeros.
Llegamos al cayo. Al bajar vi que había bastante gente y quería ir a uno de los extremos pero al preguntarle al chico de Imparques si quedaban toldos en esa zona, él dijo que no. Así que nos adentramos un poco en el cayo y ahí nos colocaron un toldo por 80Bs -nunca entendí: si él sacó el toldo y nos lo colocó ahí, a unos 8 mts de la orilla, qué le costaba ir a un extremo del cayo y clavar el paraguas allá-. A unos metros a la derecha estaba la pareja de la posada, así que tendríamos unos posibles aliados estratégicos que podrían cuidar nuestras cosas mientras nos bañábamos.
Estábamos rodeados de personas, música, niños corriendo, jóvenes con las hormonas alborotadas, tetas y culos plásticos divagando; tanguitas fosforescentes y una legión de vendedores ambulantes. Sí, efectivamente Gabriel y yo seguiríamos desconectados, pero de nuestro ideal de vacaciones... conectados con la hoyada o la estación del metro en Petare -lo digo por la cantidad de vendedores-.
Miraba a los lados y en silencio miraba a Gabriel, momentos después estallábamos de risa, esto simplemente se nos había salido completamente de las manos y, más bien, nos estaba arrinconando. Igual, existía la premisa: todo pudiese ser peor. Además veíamos que la pareja que se vino con nosotros estaba en un desconcierto parecido.
Luego de estar una hora en fase adaptativa, escuchamos unos tambores a lo lejos, al estilo
Jumanji. Era un grupo de hombres que iban con sus tambores celebrando quizás la fiesta de San Juan, quizás musicalizando el cayo por dinero, qué sé yo. El punto es que en donde ellos tocaban se formaba una olla, lo vimos de lejos.
La diferencia entre la pareja de al lado y nosotros es que ellos fueron precavidos y llevaron su cava con vodka y demás. Gabriel y yo sólo llevamos el libro de poesía de Gabriel a.k.a. "el portabilletes", yo llevé mi dinero en un bolsillo de la cartera estilo mensajero; las toallas, los protectores solares, los lentes y mi sombrero panameño (la peor compra de lo que va de 2011). Yo ni cédula llevé. Al poco tiempo hicimos dos cosas: les planteamos la posibilidad, a la pareja de la posada, de cuidar nuestras cosas en caso que nos bañáramos y que nosotros haríamos lo mismo; lo segundo, que Gabriel fue comprar agua.
No recuerdo exactamente en qué momento ocurrió pero los tambores
Jumanji sonaban ahora más cerca, realmente cerca: justo a 10 pasos de nosotros -detrás de la pareja de la posada-. En esa palmera había una familia numerosa que contrató el servicio de tambores. En breves minutos tenía el ritmo "café con pan" tocado en el cuero del tambor que hacía de todo esto algo más pintoresco.
Así como las moscas y el café, el sonido del tambor afrocaribeño atrajo a muchas personas que fueron haciendo una "rueda de pescado" al rededor de los tamborileros. Al menos ahora la diferencia con la pareja de la posada era notoria: ellos estaban a unos centímetros del epicentro tropical, nosotros, a unos metros.
No es que no me agrade la gente ni el folklore nacional -mi colegio en básica me metió por los ojos ese folklore así que puedo tolerarlo por un tiempo- pero en mis vacaciones quiero paz y si habrán ruidos, que sean las olas, una música agradable, un jazz, por ejemplo. Esto era como ir en el metro oyendo en
Dolby 5.1 el celular de cualquier antojado.
Cada vez llegaba más gente. La dinámica era rápida: entraba una mujer a la olla, entraba un hombre a la olla, se meneaban, los testigos hacían una bulla y venían los siguientes. Pobre pareja de la posada, la chica que estaba acostada durmiendo se despertó mientras su novio la veía sonriendo así con resignación.
La historia del argentino
Cuando llegó Gabriel con el agua estuvimos hablando, se acercó un
hippie argentino, de esos desaliñados y con
dreadlocks rubios. El
hippie nos preguntó que si nos gustaba el arte, dijimos que depende. Poco después dijo que nos haría una manualidad y que le diéramos lo que fuese; pobre
hippie, se vino a topar con Gabriel y conmigo que no solemos darle algo a los pedigüeños. Aunque le dijimos que no teníamos dinero, el argentino insistió y comenzó a hacerme una figurita con un hilo de alambre.
Mientras movía su alicate de un lado para otro, nos contó una historia: él originalmente vendía zarcillos y pulseras, pero la noche anterior había estado de farra y, borracho, se había quedado dormido por alguna calle del pueblo, ahí lo robaron "las gonorreas esas"; así que al despertar y ver que no tenía su mercancía compró unos rollitos de alambres para al menos sacar algo de dinero y poder comer ese día. Vale destacar que la actitud del argentino era bastante relajada, si me robaran y me dejaran con sólo el dinero para comprar unos rollitos de alambre, estaría nerviosa, con una depresión y luego de un tiempo: agresiva -por el hambre-. En unos minutos, el
hippie argentino había terminado mi regalo y diciendo "acá está tu arte, desastre... ¡qué lo disfruten! Un saludo, pana" se alejó. Quisimos grabar al
hippie pero ya se había ido, hubiese sido una genial historia para nuestro video de vacaciones.
por alguna razón siempre termino con un regalo de un hippie
Explorando el territorio
Luego de que el argentino se fue, comenzaron de nuevo los tambores en el mismo sitio. Así que la algarabía volvió y ahora con más fuerza. Decidimos entonces utilizar la alianza estratégica con la pareja de la posada, le entregamos nuestras cosas y nos fuimos a caminar por la playa, a ver si explorándola encontrábamos algo bueno.
Nos alejamos de la bulla, comenzamos a andar por todo el borde del cayo. Había bastante gente -pero no a su máxima capacidad-. Cada vez que caminábamos más al extremo del cayo, la gente y la bulla iban cambiando. No habían ya toldos de Imparques sino los toldos de los mismos vacacionantes o sus carpas. Llegamos hasta un extremo del cayo y descubrimos que el ambiente ahí era realmente pacífico: había espacio entre las personas, se oían las risas o las conversaciones de los que allí estaban pero sin bulla atorrante, de hecho, se podía oír el mar. "Por qué no nos pusieron el toldo aquí", pregunté retóricamente.
Pensamos en que si queríamos bañarnos éste era el lugar, incluso podríamos dejar nuestras cosas ahí y por el tipo de personas no pasaría nada, pero para aprovechar que la pareja de al lado cuidaba nuestras cosas, dejaríamos allí los lentes, zapatos, etc. Regresamos a nuestro toldo y la bulla del tambor continuaba, le dimos las cosas a la pareja y le avisamos que estaríamos bañándonos de ese lado del cayo -sugiriéndoles que podían hacer lo mismo cuando lo desearan-.
En unos minutos, Gabriel y yo disfrutábamos del mar en ese rincón de la islita. Había bastante espacio para bañarse, de hecho esto parecía otra playa. Una playa llena de algas si adentrabas mucho. Estuvimos hablando de los videos y demás cosas, riéndonos de cómo todo se nos había salido de las manos, del hambre que teníamos, etc.
Después de un rato pensé en que quizás debíamos regresar a nuestro toldo porque los que cuidaban nuestras cosas querrían bañarse. Volvimos y allí seguían los tambores, ya la pareja se estaba adaptando a la algarabía. Le dimos las gracias por cuidar nuestro bolso y nos quedamos sentados dentro de nuestro paraguas.
Compramos unos helados (el mío a base de agua) y continuamos viendo la fiesta de tambores. Gabriel dijo "esos de al lado como que no tienen ganas de meterse al agua", "quizás no confían en que le cuidemos las cosas", dije. El punto es que no sé cómo podían resistir los golpes del tambor tan cercanos. Mientras estábamos ahí, yo sólo pensaba en el bonito y pacífico oasis que habíamos encontrado. Acordamos que si a las 3:30 pm la pareja seguía ahí, le daríamos de nuevo nuestras cosas y volveríamos a bañarnos. Cada vez venía más gente a bailar y a ver el espectáculo. De hecho llegó un grupo y buscó dónde asentarse pero ya estábamos llenos, así que esas 15 personas se quedaron a unos pasos frente a nuestro toldo. Gabriel, como siempre, bromeando con que yo me buceaba al más moreno de todo el grupete.
Viaje al exilio
Admito que en general me duele cuando gasto el dinero en algo pero también me molesta estar luego quejándome que pude hacer tal cosa y no lo hice. Así que cuando no soportaba más los pitidos, los tambores, la bulla y eso, le dije a Gabriel para irnos al extremo de la isla: allá podríamos dejar nuestras cosas, bañarnos tranquilamente, descansar. Gabriel estuvo de acuerdo y nos fuimos. Abandonamos ese toldo, que seguro sería tomado por el grupo de personas que estaban en frente.
El exilio era perfecto, colocamos nuestras toallas debajo de un arbolito y entre dos grupos de personas -que se veían sofisticadas, amables y cero conflictivas-. Descansamos ahí y nos tomamos algunas fotos. Decidimos que si al día siguiente nos tocaba venir a este cayo, llegaríamos de una vez a este lugar.
en nuestro nuevo y pacífico hogar.
Sin embargo había algo que nos mataba y era nuestro hambre. Las personas de al lado tenían una cava y preparaban unas ensaladas con zanahorias bebés, aderezos, etc. Nosotros sólo teníamos dos envases de agua. Para el día siguiente esto no podía suceder: debíamos traer municiones.
Nos bañamos de nuevo en la playa, luego tomé algo de sol mientras Gabriel leía.
La estábamos pasando bien.
A las 5 pm caminamos hasta el muelle porque sería hora de regresar a la posada. Antes, compramos más agua de reserva -ya que sabíamos que allá en la habitación no nos esperaba ni un vaso-. Nos encontramos a la pareja que nos cuidaba las cosas, aunque quería preguntarle cómo era la ducha de su habitación y hablar sobre la posada, sólo le preguntamos cómo había terminado esa fiesta de tambores y nos contaron que tuvieron que irse también de allí a otro lado, que ya la gente los estaba acorralando, así que se mudaron de sitio y se bañó primero uno y luego el otro -si hubiesen usado nuestra ayuda, se hubiesen bañado juntos-.
La lancha llegó al muelle, nos bajamos y caminamos a la posada.
Nos preguntábamos qué podría suceder esta noche, la respuesta sería bastante divertida.
Próxima entrega: día 2 - Parte 2: cena + 2da noche.
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-Ele.