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lunes, 10 de octubre de 2011

Felicidad a la cubana



Salir de ver una buena película argentina, caminar hasta el metro; desacelerar el paso en el interín para ver unas cuantas discusiones o un par de hombres que caminan un tanto cerca el uno del otro. Sonreír.

Caracas está algo oscura, húmeda y desierta, pero no es tarde, son a penas las 8:40. Es el nocturno toque de queda omnisciente lo que nos hace las únicas dos sombras caminantes por algunas cuadras. Creo que nos gusta caminar por Chacao a esas horas, ésta no es la primera vez ni la última. Siempre pienso que deberíamos vivir por allí.

Parece que la velada llega a su fin. Sólo nos hemos visto un poco más de tres horas, no luce suficiente, no es suficiente. Me abrazas. Divagamos un poco sobre qué hacer o a dónde ir. Realmente yo sólo quiero estar contigo, el escenario me da perfectamente igual; pero respeto que estés cansado y desees ir a tu casa a descansar solo, siempre he dicho que no me gusta ser el incruste de nadie. Estúpidas teorías... al final me preguntas:

- ¿Trajiste ropa para quedarte en casa?
- No, ¿qué voy a estar trayendo? no tenía planeado eso
- Bueno, tienes tu pantalón de dormir allá... igual decide qué quieres hacer
- Obviamente que estar contigo- es la única respuesta que te puedo dar.

Jamás he tenido problemas para decirle a mi mamá que me quedaré en tu casa, de hecho jamás tuve problemas para decirle en el pasado que iría a un hotel ni a cualquier cuestión de esa índole, así que bastó una llamada para definir que esa noche tendríamos una pijamada espontánea. Me encantan esos planes así en que hay más.

El viaje en metro no fue complicado, veníamos charlando. He perfeccionado mi técnica de verte y escucharte, pero ha sido difícil eso de dividir mi cerebro: una parte encargada en procesar lo que dices y otra que se queda embobada al verte.

Enamorada, eso es lo que estoy.

Llegamos hasta la parada de taxis con destino a tu casa. Mientras esperábamos pensaba en que seguramente en otro pequeño rincón de este absurdo planeta estarían dos como nosotros esperando llegar a casa; sonríes con la hipótesis. Yo no me recuerdo tan cariñosa en una relación, no me recuerdo como la chica que necesitaba besar de vez en cuando la mejilla de su novio, ni jugar a quitarle los restos de crema del pelo -es una actividad divertida, si me preguntan-. ¿Qué tan grave estoy? me pregunto en ocasiones.

Estás cansado, se nota, quizás por eso es que me provoca juguetear contigo, para animarte. Luego de un rato nos toca el taxi. Caracas en la noche no es tan congestionada, la gente está recluida en sus casas, cines y bares. La noche está fresca, es un fresco del valle combinado con los restos de smog. Tomas mi mano y jugamos con los dedos, tienes la piel súper suave y eso me mata, es tan fácil deslizar mis dedos entre los tuyos.

Nos dejan en tu casa. Hay un par de besos sencillos mientras esperamos el ascensor. Llegamos a casa. Saludo a tus padres. Creo que tuve suerte con ellos, me caen muy bien. No hace falta poner una sonrisa hipócrita y tiesa para complacer -esos tiempos han quedado atrás-, mi agrado sale al natural; no sé si yo les caeré verdaderamente bien, pero asumo que sí porque no me han demostrado lo contrario, y repito, la mejor parte siempre será el no fingir ante ti, ante nadie.

Irás a darte un baño, pero antes nos quedamos viendo algo que estás editando. Qué buenos momentos logramos captar con nuestras cámaras. Nunca antes he tenido tanto material audiovisual de una relación. Gozamos viendo juntos la edición, sabes cómo hacer que disfrute los ratos contigo. No te lo digo en el momento pero te adoro.  

Vas a bañarte mientras me quedo buscando las canciones para el video, la cosa no está sencilla y poco logro avanzar. Me pierdo en tus carpetas de música, anoto varias que me gustaron y que debo bajar. Terminas de bañarte y entonces voy yo a cambiarme para estar cómoda. Cuando los dos estamos listos, vamos a cenar.

No sé si lo sabes, pero comer contigo es una de las cosas que más me llena y poco tiene que ver con los alimentos. Me refiero al viaje de comentarios que sacas de algún lado y que me cuajan de risa; contigo también he practicado la coordinación de mi mandíbula-tráquea-esófago para no morir atragantada ni escupir la comida.

No se te hace difícil parodiar cada estupidez que vemos en la decadente televisión nacional mientras cenamos. Ya perdí la cuenta de cuántos gags haces espontáneamente, cuántos comentarios ácidos inventas, etc. Incluso me cuesta lavar los platos por la risa. Por cierto, siempre es fino hacer la cooperativa endógena: uno lava y el otro seca.

El tiempo ha pasado y ya son más de las once. Nos cepillamos y asumo que vamos a dormir. Me acuesto aún pensando que debes estar aniquilado, sin fuerzas para esas otras cosas. Pronto me demuestras que no, que te queda justo lo necesario de stamina para darnos más que besos.

No quiero sonar como la tipa que hace alarde de su "macho en la cama", esas que mucho se jactan de tener a un semental de linaje que le dan "hasta en la cédula" suelen ser las que menos disfrutan. Yo no me jactaré de nada, yo sólo diré un sencillo: eres excelente y cada vez lo disfruto más. Y si debo dar algún tipo de detalles para recordar el momento, pues me pierdo entre los detalles de tus besos, de la mirada, de lo increíblemente tersa que tienes la piel (¿cómo logras eso?), del excelente timing de tus movimientos y de esa jodida sonrisa.

Terminamos. Cada quien se asea. Veo la hora: son pasada las 12, me da risa porque pensé que no llegarías despierto a más allá de las diez. Nos despedimos contentos, satisfechos. El sueño llega rápido. No te lo dije pero te amo. 

"Eres una fajita" me dices temprano en la mañana cuando regresabas del baño y me viste enrollada en mi sábana. Yo sonrío y luego de un rato volvemos a dormir. Admito que un par de veces me desperté y me quedé viéndote, no sé si pensé algo, sólo sé que me quedé ahí hasta que volví a dormir.

Nuestros domingos pasan muy rápido. Nos despertamos a las diez, desayunamos unas arepas que hizo tu mamá -en mi casa casi nunca hacen arepas, así que siempre que me quedo en casa de otras personas disfruto el desayuno-. Luego nos acostamos, dejé el canal en donde pasaban "El Naufrago" (no te lo dije pero eso me recordó al post que hice hace un año).

Esa película ocupó tres horas del día, horas en las que estuve jugando con tu espalda, cuello y pelo. No me importó si en ocasiones te despertabas o dormías, yo igual seguí acariciándote. Lo disfruto igual como si tú estuvieses acariciándome. Al terminar la película ya eran las tres de la tarde. Jugamos un rato videojuegos hasta que el hambre comenzó a castigarnos.

Me bañé, te bañaste y luego de estar vestidos salimos a comer. Me agrada cuando me abrazas, o me tomas por la cintura o los hombros mientras esperamos ser atendidos. Este almuerzo fue una prolongación de la cena y lo digo por las bromas: aquello de "Pestaña Guzmán" aún me da risa.

"Luego de esto podemos hacer nuestro ritual de los domingos", te pregunto, "claro, vale", me dices. Salimos a buscar nuestro café de las cinco para luego ir a aquella suerte de gran patio en donde hay muchos perros jugueteando. Esta vez no hubo café, maldita sea, lo estaba saboreando. Igual fuimos a contemplar aquella "feria canina"; tú ya tienes tu favorito. Solemos reírnos con los perros y sus conductas, aunque les tememos cuando ellos forman un "quilombo" cerca de nosotros.

Es aquí cuando me siento jodidamente ligera y llena a la vez. Estoy realmente contenta, siento que puedo flotar, y a la vez te veo y no necesito nada más. Me siento fuera de este país, de mis trabajos, de la mierda de sociedad, de lo cancerígeno del gobierno, de la peste económica, de mis propias frustraciones; es como olvidar que estás en un moderno campo de concentración y volver a aquella burbuja en la que vivía antes, en donde todo era perfecto.

Se hace tarde para ser domingo y debo irme por mi cuenta -no podemos confiar en los horarios de mi papá, si él dice a las 9:30 pm seguro llega a las 10 pm-. Me acompañas hasta agarrar el autobús. En el camino voy jugando con mi pelo, tratando de rehacerme una trenza. En mi mente voy deshilachando cada momento y archivándolos cuidadosamente en mis recuerdos.

Llegué a mi casa contenta, ya recibí mi dosis semanal de ti, la cual me durará una semana o hasta menos -si decidimos vernos antes-. Hablamos un rato antes de que te fueses a dormir y yo, como siempre, me quedé despierta.

Paso unos felices días contigo, así sean aquí en esta ciudad, en este país, con este temor silente. Se me olvida lo que es sentirse sola o con alguien incorrecto, se me olvida mi encierro voluntario, se me pasa el tiempo volando.

Es el concepto aplicado, es vivir de cosas sencillas y es sentirse de puta madre al hacerlo. Es estar parado en la línea del conformismo social y la simplicidad. Confieso, entonces, que en días como estos soy cubanamente feliz y me regocijo de cada minuto en que decidimos conocernos.




-Ele

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