A veces sonríe sin un motivo claro, sin saber exactamente la intención de su boca.
Es una mueca que se debate entre lo pícaro, lo melancólico, lo alegre y lo incrédulo.
Es simplemente la sonrisa giocondina que le viene a la cara cuando, por ejemplo, sabe algo de él. De aquél nombre perdido, de aquellas letras olvidadas.
Viejos amores; infantiles amores... anecdóticos amores. Perdieron su brillo atrayente, su magnetismo irremediable. Se transformaron en hojas secas que separan los tomos del libro de vida.
Ella ha cambiado ahora, ha vivido el sueño y ha probado pesadillas.
Está ya tan distante de lo que fue, pero se aún se asombra con los que permanecen inmóviles, estáticos, inmutables.
Se sorprende del revolcón que le ha dado el tiempo; ahora podría ser otra: cambiarse el nombre y plantarse en frente de viejos amigos sin ser reconocida -quizás no eran amigos, ella lo duda-.
Habré perdido mi esencia, se pregunta.
Pienso que no, se responde; una algarabía interrumpe su monólogo.
No parece haberla perdido, simplemente la ha transformado con o sin ganas; con o sin deseo, corean los oyentes de este cuento.
Ella recuerda entre sus notas a "yo soy aquél" de Ruben Darío, una rima melódica y divina; unas letras que suscriben su parecer pero que se distancian del autor porque ella no ha sufrido un cambio de ideales sino la actitud hacia los mismos, he ahí la distancia entre quien rima y quien lo lee.
Ella es otra, con viejas mañas; mañas que se borran como aquellos zurcos torpemente hechos en arena. Ella es otra, con viejas ideas, ideas que se van actualizando en cada giro del reloj. Reloj lleno de granos, granos hechos arena.
Giocondina, te llamas, volteas a tus tierras viendo la estela de aquellos que fueron, que pasaron por ahí. Y en ese contraluz te veo sonreír con ligereza. Son efimeras las cosas, pero ¡cómo te llenan!
Sonríes incrédula, lo sé.
Incrédula entendiendo cuánto has cambiado al observar que él ha permanecido ahí, inmóvil. Mismas mañas, mismas ideas, mismos deseos.
Vi ese suspiro, lo vi, Giocondina.
No fue de desdén ni melancolía.
Escuché tu satisfacción, imité tu sonrisa.
Día grato, Giocondina.
Vuelve a tu puesto y mantén la mirada.
Mírame, Gioconda, que en ti que me reflejo, pues no eres estática pintura, eres mi movible espejo.
-Ele.
3 comentarios:
Waao ¿qué es esto? Aplausos Ele! Aplausos!! Excelente la transición del personaje eh? Llevandolo a la 1.0 yo creo que el efecto Gioconda está en todos lados, solo es cuestión de tiempo para que comenzemos a dudar o a darnos cuenta de ciertas cosas.
Hoy he visto en el espejo a otra persona, eras tu. Incosientemente tras idealizarte me transmute falsamente idealizandote en mi mente...que estupides perdon algo tenia que decir. Un saludo
Bien narrado, Elena, buen post; cubil.
Saludos!
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