Imagen del día.

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Welcome to London.

Como un Ferrero Rocher

Si de algo sé yo, es de disfrutar los chocolates (olvidando en ese preciso momento la historia de la marca, el renombre o el caché).

Y es que el "poder" del chocolate no sólo está en los flavonoides ni en la satisfacción de un deseo oral.
El chocolate es adictivo cuando viene en pequeñas proporciones pero intoxicante cuando su presentación es más grande de lo que tu organismo puede tolerar.
Una taza de chocolate puede disfrutarse más que toda una piscina llena de él.
Unas breves pero acertadas gotas de ese líquido dulce puede abrirte el apetito a por más, he allí lo adictivo: el deseo de ir descubriendo poco a poco cada diámetro del sabor.
Una cosa es comer chocolate, tomar chocolate y otra (muy diferente) es disfrutarlo.

Yo soy del tipo de gente que se acostumbró a disfrutarlo.

Comer chocolate es simplemente llevarse las piezas de cacao a la boca, morderlas, masticarlas rápidamente (y casi sin importar sabor, textura, color, relleno) para luego proceder a tragarlas y así saciar el hambre. Saciada la necesidad, se procede a olvidar el chocolate y continuar en las labores diarias.

Disfrutar el chocolate no se parece en nada a lo anterior. Es algo que conlleva más tiempo y delicadeza. Es tomar el chocolate entre los dedos, observarlo, conocer su exterior (las trazas, restos o añadidos superficiales). Luego, colocarlo en la boca e ir saboreando con la lentitud e intensidad necesaria para deleitar a las papilas gustativas que tienen una directa conexión con el placer. Es "sentir" los matices de sabores: desde el que percibes al comienzo hasta el que queda en la garganta cuando él se despide de tu boca. Es divino ir descubriendo los sabores a medida que se va "desnudando" por capas. Es ahí, si se disfruta sólo una pequeña porción, cuando querrás más pues quedarás adicto a esa explosión en las papilas gustativas.

Es que el meollo del asunto no es disfrutar el chocolate con solemnidad, no, es disfrutarlo genuinamente. El proceso no debe ser obligatoriamente rápido o lento, cada quien lo disfruta a su manera, pero lo importante es la intensidad y las ganas que tiene uno por dedicarle tiempo a esto.

En fin y en otras palabras, comer chocolate es como tener sexo, disfrutar el chocolate es como hacer el amor.

Ahora, así como con todo en la vida donde se puede aplicar la frase "en la variedad está el gusto", en esto de los chocolates no hay diferencia. Con el tiempo la gente se acostumbra a que hay varios tipos y cada uno cumple una función específica. Hay algunos que sólo sacian el deseo de comer; otros se ven excelentes pero su sabor es terrible; hay unos que son amargos y difíciles de disfrutar (de verdad, son sabores "hostiles" para las desacostumbradas papilas gustativas); hay chocolates diferentes que traen elementos inusuales; hay los que sólo se usan para rellenar y los que sólo se comen en ocasiones especiales.

La cuestión es que sin importar el precio y calidad, la gente va y escoge su favorito. Hay personas que prefieren un chocolate dulce, sencillo de tragar y simple. Otros prefieren sentir la amargura del cacao sin tanto adorno, sin tanto azúcar. Hay quienes prefieren el chocolate a varias capas. Todo se trata de lo que te gusta y lo que encuentras.

Uno pasa la vida consumiendo estos chocolates que venden en todas partes, que son los comunes en los kioscos, automercados, panaderías, etc. Hasta es probable que se llegue a asumir que ese es el chocolate favorito. Pero justo en el momento que pruebas otro, uno exótico o diferente, es cuando re-piensas toda la situación. Ahora, que probaste un trozo de un chocolate exquisito, quieres más. Pero por lo raro y lo poco "comercial" es que o lo venden muy caro o no lo ves más en el mercado. Puedes tratar de saciar tu deseo con los chocolates que comúnmente comías en el pasado, pero ya nada será igual pues, si eres de las personas que disfruta esto, sentirás que sólo has comido pero que no te has deleitado.

A veces comienza un ensayo y error para conseguir ese sabor que tienes en mente, pero resulta que cuando lo encuentras murphy hará lo propio y se chocolate perfecto estará escaseando, serán pequeñas raciones, su precio será muy alto o deberás compartirlo (de todos los casos es el que produce más impotencia pero "al menos" tienes un poco de él), etc. En fin, en estos casos una dulce ironía tomará tu mano y la sacudirá presentándose a sí misma recordándote que "de lo bueno, poco".

Yo soy fanática de los chocolates amargos, oscuros o netamente blancos (en menor proporción). Lamentablemente (y no es porque tenga un paladar sofisticado ni mucho menos) ya no me gustan los chocolates de leche Savoy, Cri-Cri, KitKat y de ese estilo tan dulce y tan procesado. Tampoco es que soy adicta a la cata de chocolate ni tengo un Chocolatier. Pero mis favoritos son aquellos que tienen una textura y combinan varias "notas" de sabor, que pueda degustar por un tiempo y "descubrir" algo nuevo en cada mordisco.

Sin embargo mi inclinación a los chocolates amargos (o genuinos) choca en estricta controversia con mi fetiche incontrolable por el chocolate con nueces (específicamente la nutella) que viene a recubrir las capas de maní y demás oleaginosas. Me fascina morder un bombón e irlo desmenuzando por capas, sin prisa y con una pequeña sonrisa de satisfacción.

Degustar el chocolate favorito puede cambiar toda una noche de llanto, un momento incómodo o potenciar una situación muy alegre. Es el momento perfecto, es un orgasmo culinario.

Descubrir esto del chocolate (así con el tiempo y usando el ensayo-error) puede aplicarse a muchas situaciones, personas y pensamientos en la vida -y de paso guiarte para conocer las respuestas a sencillas ecuaciones que la rutina te presenta-. He llegado hasta calificar en secreto a algunas personas como si de chocolates se tratara y no por su personalidad, sino más bien por la relación que tengo con ellas. Hay personas o relaciones que son como chocolates comerciales, comunes, que si bien no son desagradables al comerlas nunca dejarán ese sentimiento de completa saciedad; están las relaciones que se asemejan a los chocolates oscuros, muy sinceras, directas y en ocasiones llegan a disgustar por lo poco adornadas. Hay relaciones eventuales y al azar, como aquellos chocolates que compraste a ciegas y que al probar una esquina no buscas indagar más allá pues ha sido suficiente. O quizás algún día encuentres un chocolate engañoso en una caja de bombones, de esos que se esconden rellenos de licor y demás líquidos; así como las relaciones donde lo superficial oculta el meollo y el origen del asunto.

En otros casos hay relaciones adictivas, presentadas en pequeñas porciones, con un complejo mapa de sabores y que deben disfrutarse poco a poco pero al máximo en cada mordida. Son las relaciones que uno nunca sabe cuánto durarán, por eso te concentras en cada momento, desde que gentilmente le quitas la envoltura hasta que, al tenerlas en la boca, sólo te preocupas por mantenerlas sin desgastarlas (una tarea algo titánica si se trata de un chocolate).

Y a veces, esas son como un Ferrero Rocher...



-Ele.

1 comentarios:

Merce Rojas dijo...

Upa cachete! Me provoca un ferrero... te odio. Voy a hacer una bolita de tierra y me la voy a comer, porque al antojo le ronca...

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